La fé como concepto casi impulsor de cada arista indispensable de toda búsqueda, como la necesaria punta de la flecha de aquél guía que promete llevarnos hacia una concepción más apta del mundo, una aventura de la cual jamás nos arrepentiríamos en nuestro sano juicio, pero que sólo con experiencia podríamos comprobar su bienaventuranza.
A veces, al estar rodeadxs de tanta emergencia cotidiana, encontramos ciertos escondites, de donde surgen ciertos relatos. Espacios canciones caminos, momentos propios dentro de un esquema omnipresente. Para cada cualidad lunar, siempre me pareció indispensable contar con estos espacios.
Hoy dilaté mi llegada a casa con amigxs luego de un trabajo donde el tiempo y la transformación, planean unirse sin tregua en 11 meses. Inóspito pero necesario, solo quedarán los vestigios de inmundos recuerdos. Pero la realidad aún accede a esas puertas de lo objetivado.
Luego de ser máquinas funcionales, sólo queremos refugio, luego de Capri, sólo queremos Cáncer. Y el refugio siempre es una representación lunar, una extensión inconsciente de las paredes uterinas, una conexión con lo trascendental previo a nos, la existencia.
Al volver tan tarde, y aún en medio de la ciudad más activa posible, podemos escuchar ciertas brisas frías y solitarias, ver calles como caminos en la selva inocentemente señalizados, y hasta contemplar la Luna que parece divertirse con tu simple humanidark momentánea.
En esos 9km en bici a casa auspiciados por un Marte en domicilio, una inundación de calma ocurrió en mi mente bajando por mis venas, invitándome a poner Sigur Rós y de allí al vacío de la noche. Ese momento preciado, tan propio, tan vacío de todes y lleno de mí. Tan sano y egoísta. Tan inaccesible.
Con la mayor inocencia, en medio de un sonido ambiental vikingo, frío pero conforme de su historia...miré al cielo, egoísta de su belleza como toda noche en la ciudad, y mis ojos chocan con una Luna menguante muy protagonista junto a una estrella harto brillante: el gran Júpiter.
Congelado de naturaleza, con cierto respeto y devoción, detuve la bicicleta cerca de Ferro, y observé 10 minutos el espectáculo de forma impulsiva, casi niñe, cual público reducido que asiste a un recital a enfrentarse a la magia sonora casi personalizada.
La Luna y Júpiter uno al lado de otro. Sagitario de fondo: la promesa.
No pude evitar pensar en Ptolomeo observando a Júpiter o a la Luna hace cientos de años al norte de África. Esa conexión con el pasado también está allí arriba, no sólo aquí dentro. No sólo las memorias son pasado. Somos pasado, inclusive lo que nos es ajeno y bello.
Que buscan allí Artemisa y Zeus? Cuál sería su fé? Que necesitarían? Hay algo más allá que ser una deidad en el firmamento? 2 cuerpos celestes no quieren responderme. Uno es un satélite, el otro un planeta gaseoso, el más grande de nuestro vecindario solar. Ambxs buscando algo, mirando algo, una promesa, algo habrá más allá de su existencia tan diferente. Existir también es pasado. Desde dónde emprendemos la búsqueda es por demás protagonista.
Me llena una sensación de goce por límites tan elevados e infinitos, por el ímpetu de la expansión y me preguntaba si esto es propio intrapsíquico de una típica Luna natal en Sagitario. El último fuego, el más complejo, lo más refinado de la creación; la existencia con un sentido.
Es imposible no sentirse mundano y pequeño frente a una promesa tan elevada del existir. Frío en las manos, un estornudo me despierta de lo estupefacto. Sonrío y arranco, pienso en mis búsquedas mientras pedaleo. La necesidad de plenitud, la verdad está allí y hay que buscarla. Recuerdo mi Luna Dracónica Natal en Sagitario unas cuadras posteriores. Saber para liberar. Expandir, confiar, fé.
Animarse.
Ánima que busca su esencia. Echarse al inconsciente para recorrer los adentros será la conclusión del día. A divertirse dentro!

